Doctor de muñecas

Es uno de los últimos en un oficio en el que comenzó hace 50 años. Empezó por su cuenta a los 15, y nunca paró.

Se llama Solcito, tiene 8 meses. Cuídemela. Su mamá, Lucila”. Julio Roldán lee la esquela escrita con trazos infantiles, sonríe y revisa la muñeca. Solcito tiene los dedos mordidos, la cabeza de plástico casi suelta y su cuerpo de tela destruido y con escaso relleno. No resistió el forcejeo que, por ella, sostuvieron Lucila, que tiene siete años, y su prima de tres. Y la nena hace meses que persigue a su mamá, Rosa, para que se la lleve al doctor de las muñecas. El doctor Roldán.
“Va a quedar muy bien –tranquiliza el doctor–. Pero no le voy a sacar las marcas en birome, porque no salen. Y además, porque forman parte del alma de la muñeca y de la niñez de su dueña”. Roldán tiene 64 años y arregla muñecas desde los 15. Nació en Villa Tulumba, un pueblo de 1.200 habitantes del norte de Córdoba, donde tenía que andar una hora y media a caballo para llegar a la escuela. Se crío en el campo, en una casa con piso de tierra. Hasta que a los 9 años se fue a vivir con un tío a la localidad bonaerense de Merlo. Una vez una vecina le alcanzó una muñeca Rayito de Sol rota. “Fijate si podés hacer algo, vos que te das maña para todo”, le pidió. Ese fue el comienzo de su vocación. Y cuando sus docentes le preguntaban qué quería ser, él decía: “Doctor de muñecas”. Cuando lo cargaban por su afición preguntándole si era mujer o varón, respondía: “Soy varón, pero yo quiero hacer felices a las criaturas arreglando sus muñecas”.
Empezó a puro ingenio, hasta que conoció a un artesano de Villa Lugano, un tal Betancourt, que le dijo: “¿Vos amás lo que hacés? Entonces, sos la única persona que va a entrar en mi taller”. El le enseñó los secretos del oficio. “Porque esto no se aprende en la facultad”, dice Roldán, y muestra los diferentes pegamentos que hace él mismo y la ropita que diseñan y cosen sus tres tías, todas por encima de los 80 años.
En su estudio de Venezuela 3774, en Boedo, hay decenas y decenas de muñecas. Las hay de porcelana, de plástico, de trapo, negras de terracota, alemanas, argentinas, inglesas, Marilú, Linda Miranda, Mariquita Pérez, Rayito de Sol, Shirley Temple, Piel Rose, centenarias. “Estas, que son más antiguas, venían con los inmigrantes –cuenta señalando un estante–.
La gente traía poco, pero traía a sus muñecas”. En otro sector del taller hay un muestrario de cabezas, troncos, piernas y brazos que fue recolectando y conservando como repuestos.
Roldán, que suele vestir un guardapolvo blanco que tiene bordada la leyenda “Dr. Roldán”, asegura que las muñecas también tienen que ir al doctor, como los seres humanos. “Se ponen viejas como nosotros y hay que dejarlas respirar, como respiramos nosotros. No pueden quedar encerradas en un armario”. A cargo de su hospital de los muñecos, él les cambia las pelucas, les pone ojos relucientes, les devuelve la voz a los mecanismos que las hacen hablar o las recupera de las parálisis que no les permiten caminar. “No hay dos muñecas iguales –asegura–. Siempre tengo que pensar cómo solucionar cada rotura y eso me mantiene ágil”.
El oficio de restaurar muñecas está en vías de extinción. Después de la muerte del artesano Antonio Caro, sólo queda Roldán. “Al menos, no conozco a nadie más que se dedique a esto –confirma–. Yo tengo dos hijos, Gastón, de 29 años, que es contador público y licenciado en administración de empresas, y Yanina, que es maestra jardinera y psicopedagoga. El varón me dijo que querría seguir con lo mío, pero yo no quiero que se desvíen de sus estudios y de su trabajo”.
Pero Roldán no cambiaría su oficio por nada: “La gente que viene a mi taller es muy especial, porque trae a sus afectos para que se los arregle”, afirma. Para él, los muñecos representan afectos. “Una señora mayor me trajo esta muñeca, que debe tener 60 años –muestra–. Con ella jugaba su hermana cuando era chica. Me pidió que la restaure, porque quiere dársela como sorpresa en Navidad. Y a este muñeco Piel Rose me lo trajo una mujer embarazada, que quiere que se lo deje como nuevo para que su bebé juegue con él”.
Antes de despedirla, el doctor Roldán le pide a Rosa, la mamá de Lucila: “Decile a tu nena que cada tanto me llame para preguntarme cómo está su muñeca Solcito”.

 

Clarin

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~ por maru en diciembre 13, 2011.

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